Carta del obispo Bernardino Scotti al Capítulo General (Venecia, 12 de septiembre de 1539)

Amadísimos en Cristo, Padres: salud.

Yo, indigno hijo vuestro, lo primero pido perdón por mis pecados y por la negligencia con que he procedido –no puedo por menos de confesarlo– en el gobierno y dirección de esta Casa y familia de Cristo durante el presente trienio. De grado resigno en vuestras manos y en presencia de todos vosotros, congregados ahora en Roma en el nombre de Jesucristo, la administración de mi oficio y cuanto al mismo se refiere.

Encarecidamente os suplico que antes de la elección de prepósitos, o mientras ella dure, os dignéis considerar y examinar benignamente las siguientes indicaciones, que estimo indispensables para el mantenimiento de la fraterna convivencia y la pureza de nuestra profesión.

De parte de algunos prelados que mucho nos aman en Cristo, y que, por larga experiencia, entienden de nuestras cosas tanto como de las suyas, he sido reiteradamente avisado que son cuatro los escollos que con cuidadosa diligencia debemos siempre evitar: la relajación de la disciplina, la multitud de profesos, la familiaridad con las mujeres y la posesión segura de riquezas.

Lo primero que hay que evitar con todo el esmero posible es la relajación de las costumbres. Guardémonos de no darle entrada con nuestra culpable negligencia, y atajémosla varonilmente desde sus primeros síntomas, donde quiera se manifieste. Es este un temible mal que a la manera de cáncer se propaga insensiblemente, y si por negligencia del prelado no se combate en sus comienzos, acaba por ocasionar la ruina de la observancia con grave injuria de Cristo.

En efecto, muchos de los que menosprecian sus preceptos y tienen en poco sus consejos, lo hacen por ver la tibieza de los que profesan perfección, de los mismos cuyo ejemplo les atrajo a la vida del claustro. Al ver la relajación de los que juzgaban perfectos, acaban por creer imposible la profesión de unos consejos que los que tenían por santos no alcanzan a observar. ¡Qué pena da contemplar que los que habían comenzado a vivir según el espíritu, acaban por entregarse a las exigencias de la carne! Pero el mal no acaba ahí. Con la relajación de los individuos quiebra y se arruina el edificio de toda la Congregación, desaparece la concordia y se destruye la unión y la paz entre los hermanos. Tal vemos y lamentamos que ocurra en el día de hoy en algunas religiones. La relajación, y no otra causa, ha introducido en ellas la desunión y la discordia, ya que, si es querida de uno, no satisface a los demás, dando lugar a divisiones y a la pérdida de la unidad.

Los que andan a caza de dispensas en la disciplina regular, primero se dañan a sí y, en segundo lugar, a los otros. De aquí nacen los partidos y se organizan las banderías, que, en una Religión, constituyen la más terrible de todas las calamidades. Ellas dan lugar a los odios, a las detracciones, y a los ocultos manejos para que las mitigaciones que algunos siguen prevalezcan en la Comunidad y sea adoptadas por otros.

Si con ello demuestran ingenio, acusan absoluta carencia de espíritu interior. Para que no parezca que lo mueve el horror a la disciplina, o se les tenga por transgresores de la regla que profesaron, apelan al falso expediente de no sé qué conveniencia con el grado y la jerarquía de éste o el de más allá. ¿Se trata de observancias externas que ocasionan molestias? Se hacen apologías de la mortificación interior. Motejan de singulares a los que viven humildemente, y cuando se trata del vestido, la comida, vigilias, ayunos y pobreza, exaltan la necesidad de proceder con discreción. Todo por no confesar lo que es cierto e indubitable y en pocas palabras se dice: que carecen de voluntad y les sobra amor al regalo.

Pienso que conviene exhortar a tales religiosos a prescindir de estos ardides, y a no dejarse engañar ni acobardar tan fácilmente. Antes bien, aspicientes in auctorem fidei et consummatorem Iesum, sperent in eum cui se probarunt y eligieron seguir bajo el yugo de la cruz.

Bien está que, por falta de fuerzas, no siga el religioso a quienes gozan de salud, ni guarde las prácticas comunes. Pero de tal manera se procure las obligadas dispensas, que se mantenga intacta la observancia en quienes no necesitan de idéntica mitigación. Congratúlese el que no puede observar las prácticas del Instituto de que haya quienes sobrelleven el peso de la disciplina y no se dé a murmurar (cosa que Dios no permita). Así se evita el inducir a los religiosos sencillos a tener en poca estima la observancia regular.

La facilidad excesiva en franquear a los seglares las puertas de la Religión sin someter al candidato a las pruebas convenientes; el engaño de los prelados que se preocuparon más por el número que de la calidad de los sujetos, ha introducido la relajación en algunas Congregaciones, hacía poco reformadas.

Las vemos crecidas en número, en exterioridades y riquezas, pero en realidad han disminuido y empeorado en la observancia, porque han perdido la sencillez y el rigor de los tiempos primeros a causa de los inconvenientes que comporta la muchedumbre. Claro que el camino angosto por fuerza tiene que ensancharse para que pueda andar por él tanta multitud de personas.

Guardémonos con sumo cuidado de todo afán desmedido y de miras puramente humanas en negocio que sólo afecta a la religión y al espíritu. ¡Cuántas veces nos engañamos, estimando que nuestros deseos tienen por objeto exclusivo la salvación de las almas y la gloria de Jesucristo, cuando es cosa manifiesta que lo único que se pretende es satisfacer la vanidad!

Cuántos peligros y molestias derivan, a los que sirven a Cristo, de la familiaridad con las mujeres, díganlo, ¡ay!, quienes lo saben por dolorosa experiencia. Nosotros, hermanos carísimos, esforcémonos por vivir de suerte que no lo experimentemos jamás. Para ello esquivemos siempre a toda clase de mujeres, religiosas y seglares. Y si no es posible sustraernos a oír sus confesiones y dejar a sus pastores el gobernarlas y enseñarlas, alejémonos de ellas cuanto nos sea posible, si deseamos conservar puro el corazón y servir a Dios con libertad, si queremos aprovechar el tiempo y edificar a nuestros prójimos, y en particular a las propias mujeres cuyo trato hemos de huir. Tanto más que aquí en Venecia, como bien lo recordáis, todos, de común acuerdo, lo hemos creído por demás útil y sobremanera honesto, y como tal lo hemos escogido y guardado hasta el día de hoy de manera inviolable.

Contentémonos con orar y pedir sin interrupción por el devoto sexo femenino. Amémoslas a todas como hermanas, respetémoslas como a madres, pero esquivemos su trato. De esta fuga se seguirá, primero, nuestra libertad en el divino servicio, segundo, la edificación del prójimo, y por último, la gloria de Dios.

Finalmente, no poseamos bienes terrenos, para no perder el privilegio y el tesoro de la pobreza. Privilegio cuya grandeza y ventajas de ordinario se desconocen por los hombres de este siglo; para nosotros, en cambio, que la hemos gustado tantos años, es preciosa la pobreza profesada por amor de Dios. Aún los hombres avaros no pueden por menos de reconocer que hoy no existe para los clérigos más camino que la pobreza para defender su dignidad y para mantener la libertad de las iglesias a ellos confiadas, y que el único modo de disfrutar de paz y tranquilidad estriba en la pobreza voluntaria y evangélica. La libertad de espíritu se consigue únicamente por medio de la pobreza. Por la renuncia de todas las cosas se siente libre el corazón del afecto de los lugares y del lazo de las posesiones. Escuchamos a diario las quejas de los clérigos ricos, y oímos cómo nos hablan de las espinas de sus riquezas, esto es, que el mundo no ceja en sus exigencias importunas para que le devuelvan lo que es suyo: cada día hay que dar al César lo que al César es debido.

Esquivemos, pues, las rentas, las posesiones, las heredades. Contentémonos con lo necesario; no deseemos nada más. Huyamos de las mujeres, no sólo para ser castos, sino para gozar de libertad y edificar con el ejemplo. No aspiremos a ser muchos, no sea que aumentando el número disminuya la calidad, es decir, que la multitud nos traiga la relajación, la cual, como hemos dicho, arruina la unidad. Sea vuestro consuelo Aquél que dice: Nolite timere pusillus grex quia complacuit Patri vestro dare vobis regnum. Temamos a Isaías que asegura: Multiplicasti gentem et non manificasti laetitiam. Porque es cierto que donde es grande el número se destruye muy fácilmente el vigor de la disciplina, y luego para restaurarla, los que parecen mejores se lamentan, cuando no luchan.

Otra cosa quiero añadir: guardémonos, por encima de todo, de la familiaridad con los seglares. Hemos visto peligrar el conjunto de la disciplina y perturbado el orden doméstico en la familia de Cristo por el trato con los seglares que en años anteriores han alternado con nosotros con excesiva intimidad. Dicho se está que la vida, en semejantes condiciones, se nos hacía intolerable. Pero al fin visitavit nos Oriens ex alto et consolatus est pauperes nos Dominus, adiutor in opportunitatibus in tribulatione, al ser aquellos despedidos.

Las cosas que he consignado son pocas, a decir verdad, por la importancia de la materia, y más concisas e incompletas de lo que hubiera deseado la totalidad de mis hermanos; aunque, dada mi indignidad y la cortedad de mis alcances, puede que haya dicho más de lo que era conveniente. Nadie más incapaz que yo para poner en práctica lo que he escrito; y de cuantos predican estas cosas y desean verlas cumplidas, ninguno me supera a mí en flojedad de cuerpo y alma.

Si me atreví a indicároslas, no pensé en ningún momento que tuvieseis necesidad de ser enseñados por mí. Padres y Maestros míos, amadísimos y honorabilísimos en Cristo. Un sólo motivo me ha guiado: que, escuchando el deseo de éstos nuestros hermanos y el consejo de quienes son nuestros amigos en Cristo, y conocida la necesidad de la religiosa familia a vuestro gobierno confiada, y en beneficio de la cual os encontráis reunidos, las hagáis a todas objeto de vuestro examen diligente, y con mayor interés expongáis en nombre de todos al Reverendísimo Señor Cardenal la necesidad de vuestro regreso, deseado por todos nosotros sobre cuanto puede decirse.

Os saludan todos nuestros hermanos, huéspedes, legos, clérigos y sacerdotes, así como nuestros amigos, tan unidos a nosotros y a vosotros en la fe y amor de Cristo. Don Bonifacio [De Colle] y Don Miguel [Mezzalorsa], presbíteros, expresarán a Vuestras Caridades algunos puntos que llevan anotados y requieren particularmente vuestro parecer y aprobación.

Deseamos a todos vosotros, Padres venerados y amadísimos, las mayores prosperidades en las entrañas de Cristo.

Bernardino, Presbítero Reg.
Venecia, a 12 de septiembre de 1539.