Carta del presbítero Cayetano de Thiene al noble veronés Francisco Capello (referente a la admisión del poeta Marco Antonio Flaminio) (17 de febrero de 1533)

Charissime in Chisto frater:

Días pasados nos llegaron tres cartas vuestras. La presente es contestación a la que se refería a la demanda de Micer Marco Antonio, nuestro amigo.

Hemos tomado en consideración y nos hemos ocupado juntos de lo que solicita nuestro amigo. Hemos presentado, pro modulo nostro, éste su deseo al Señor, y después, reunidos de nuevo, nos ha parecido entender lo que conviene a nuestro Instituto, y a cuantos, lo mismo que nosotros, han puesto la mano en el arado, según la expresión evangélica.

Es indispensable habitar unius moris in domo y seguir la vida común en aquello que no perjudica la salud del cuerpo o del alma. Es propio de los siervos de Dios, que juntos en la misma grey soportan el yugo de Cristo bajo el cuidado del mismo pastor, huir la singularidad y toda enojosa diferencia.

Los que viven en comunidad no han sido llamados todos a la misma hora del día, sino conforme a la elección del buen Padre de familia, el cual no se ha desdeñado de decir a más de uno tal vez a la hora undécima: «quid hic statis tota die ociosi?». De aquí que en una misma compañía se hallen personas de diversa edad, de diversa salud, de diversa complexión y de virtud también diversa. Por ello hace falta seguir la norma que el Espíritu Santo inspiró a nuestros santos padres –los apóstoles– de los cuales está escrito: «distribuebatur unicuique prout cuique opus erat». Norma que san Agustín hace suya y comenta con estas palabras: «non aequaliter omnibus, quia non aequaliter valetis omnes».

Viniendo en particular al caso de Micer Marco Antonio, si nuestro amigo espera que en esta pobre compañía ha de hallar comodidad para desentenderse del mundo y adelantar en los caminos de Dios, será vana su esperanza si no se funda en la convicción de que nos guía y gobierna la sola bondad divina, por los ejemplos y la doctrina de los aludidos santos padres, y por su regla antes mencionada, no inventada por nosotros ni fundada en el parecer o la voluntad de los hombres.

Si él está persuadido de que la bondad del Señor, como nos ha congregado, así nos mantiene y gobierna, debe admitir igualmente que, si abriga el deseo de morar entre nosotros perpetua o temporalmente, para servir a la Majestad de Dios y proveer a su salvación, la misma divina Bondad no ha de negarnos inteligencia para conocer su necesidad, ni caridad para soportar su debilidad de cuerpo y alma, ni los necesarios recursos para darle de comer en la medida que le convenga.

Por consiguiente, si nuestro Micer Marco Antonio abriga la voluntad de abrazar nuestro instituto, hace falta se persuada de que, el tiempo que Dios sea servido tenerlo en nuestra compañía, debe libre y absolutamente echarse a los pies de Cristo y confiarse en nuestro cuidado, renunciando a su libertad, a todo arbitrio de sí mismo y a la facultad de disponer, como propietario, de cosa alguna pro tempore, como hemos renunciado a estas cosas los que vivimos congregados bajo el yugo de Jesucristo.

Si ello le parece duro, es manifiesto que no cree que Dios está entre nosotros, ni que es Él quien nos gobierna; y si esto no cree nuestro amigo, no tiene por qué desear vivir en nuestra compañía, ya que, si se nos quita la protección y el consuelo de la divina Bondad y la esperanza de servir a su Majestad Divina, a favor de su santa gracia, todo lo que queda es repulsivo y verdaderamente odioso, en el lenguaje del mundo.

Pero, si no alcanzándole las fuerzas para abrazar la cruz desnuda, piensa habitar temporalmente con estos siervos del Señor, dispóngase a hacer el sacrificio en las condiciones antedichas, y ordene desde ahora sus cosas a fin de que, cuando viniere, se halle totalmente libre de los asuntos del siglo. Tenga confianza en Dios, y advierta que, por nuestra parte, si no aceptamos sus bienes, ni aún por vía de limosna, menos estamos dispuestos a cargar con las molestias que habría de acarrearnos el cuidar de su administración, para que no nos sirvan estas cosas de ocasión de distraernos con menoscabo de la paz.

Así que, en conclusión, si él, a pesar de todo, persiste en querer venir, no ha de pensar en otra cosa que en tener mortificados el propio juicio y voluntad, de forma que entre él y nosotros no exista más diferencia, sino que nosotros perpetuamente vivimos clavados en la cruz, y él es libre de marcharse cuando a él le plazca o a nosotros.

Tocante a lo de enseñar, contestamos lo siguiente: si hacemos caudal de sus letras, nos lo hace querer más la caridad de Jesucristo; y la esperanza que tenemos de que ha de humillarse a aprender el alfabeto de Cristo nos mueve mucho más a desearlo que cualquier otra ventaja que de él, o de su saber, o de cualquiera otro bien del mundo pudiera reportar nuestro Instituto. Exponedle, pues, la regla y dejad hacer a Cristo.

Claro que habría que dar aviso a nuestro Reverendísimo Padre, el Obispo de Verona. No sería ello preciso si nuestro Micer Marco Antonio se sintiese con valor para darse absolutamente al servicio de Jesucristo. Se comprende que, en tal caso, nadie se lo podría impedir, y no hay que pensar que dicho Reverendísimo Padre quisiera hacer lo que no debe ni puede. Pero siendo tan imperfecto el deseo de nuestro amigo, y su vocación tan dudosa y tan expuesta a la inconstancia, no nos parece prudente dar un paso en este asunto sin la licencia y bendición de dicho Reverendísimo Padre.

Vuestro hermano en Cristo,
el Prepósito y vuestros hermanos los Clérigos Regulares.
Bene vale in Chisto, Venetús, 17 de febrero de 1533.