Editorial n.º 17 (2016)

El tiempo va marcando un ritmo particular en el cual el antes y el después denotan la medida de un continuo movimiento. Ese movimiento va labrando profundamente nuestra vida. De esta manera, vamos consolidando lo vivido, mientras todavía nos queda mucho por seguir experimentando.

Tal vez los últimos eventos que han signado los centros de interés celebrativo en nuestra Iglesia no terminan de sucederse que ya han pasado y, fugazmente, encienden en nosotros un fuerte entusiasmo.

El Año de la Vida Consagrada próximamente llegará a su fin y en el decurso de este particular movimiento, el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia entreteje su red de esperanza, para renovar la vida de la Iglesia.

¿Por qué un Año Jubilar de la Misericordia? ¿Hacia dónde se nos orienta, con esta propuesta, que reviste un carácter extraordinario?

La respuesta nos la dará el mismo papa Francisco en la reflexión hecha en la Audiencia del 9 de diciembre del 2015, exactamente un día después de abrir la Porta Santa en la Basílica de San Pedro:

La Iglesia tiene necesidad de este momento extraordinario. No digo: es bueno para la Iglesia este momento extraordinario. Digo: la Iglesia necesita este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, para que contemplando la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece sobre la oscuridad del pecado, lleguemos a ser testigos más convencidos y eficaces.

Observemos la primera afirmación: habla de una «necesidad», pero no entendida como carencia, falta de algo que pudiera ser útil. La necesidad de «este momento extraordinario» importa una consecuencia que surge de la propia esencia de la Iglesia: ser signo de comunión entre Dios y los hombres, y de éstos entre sí (LG 1). Con lo cual el Año Jubilar en curso se transforma en una palabra profética, porque anuncia y celebra la particularidad de un tiempo favorable, un tiempo único, en el cual los ojos de nuestra fe se orienten a contemplar la Divina Misericordia. Que en esta actitud nos encontremos en estos próximos meses, para renovarnos en la fidelidad a nuestro carisma.

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