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Ceremonia de la ordenación presbiteral del Diácono César Arras Zapién, C.R.

04 Ene 2019

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La mañana del 15 de diciembre de 2018 se presentó plena de sol en Roma. Un sol que sugería la necesidad de buscar refugio en un día otoñal. Ese refugio no podía ser otro que la Casa de nuestro buen Dios, en donde congregarnos fraternalmente. La ocasión no podía ser mejor: se ordenaba sacerdote un hermano nuestro, un Teatino. Nos estamos refiriendo al hasta entonces Diácono César Martín Cayetano Arras Zapién, C.R., originario de la Provincia Teatina “Our Lady of Purity”, de los Estados Unidos, que actualmente desarrolla su misión en Vicenza, bajo la jurisdicción directa de nuestro Prepósito General, Rvdmo. P. Salvador Rodea González, C.R.
Cuando el reloj indicó que eran las 11:00 h, con la solemnidad requerida para el evento, S.E.R. Mons. Daniele Libanori, SJ, Obispo titular de Buruni y Auxiliar de Roma,  el Prepósito General de los Clérigos Regulares Teatinos, Rvdmo. P. Salvador Rodea González, C.R., miembros de la Casa General y de las Casas Teatinas de Morlupo, Roma y Nápoles, y demás sacerdotes y religiosos invitados, se dirigieron hacia el altar mayor de Sant’Andrea della Valle para dar comienzo a la Misa ritual de la Ordenación Sacerdotal de nuestro hermano César Arras.

Mons. Libanori, obispo ordenante, presidió la celebración con aplomo y bonhomía, dejando traslucir su profundo carácter pastoral y su sobria espiritualidad jesuita en cada gesto y en cada palabra vertida.

En la homilía, el obispo departió acerca del discipulado y el orden sagrado,
teniendo como referencia la lectura del Evangelio según san Mateo 17, 10-13, en la que se hace referencia a la pregunta que los discípulos plantean a Jesús, respecto de por qué debe venir primero Elías. Algunos puntos de dicha homilía que podemos destacar son los siguientes:

  • Querido César, en el día de tu ordenación sacerdotal el Señor ofrece a tu meditación y a la nuestra, un texto que se refiere al diálogo entre Jesús y los tres discípulos que él había querido a su lado en la transfiguración en el monte. La pregunta de los discípulos nace desde la maravilla experimentada por haber visto a Jesús en su gloria. Aquella visión los había convencido de que Jesús era verdaderamente Aquel que debía venir.
  • La fuerza de Elías, el gran Profeta que, arriesgando su vida, defiende el derecho de Dios delante de un rey manipulado por la malvada reina Jezabel, revive en el Bautista, que llama con fuerza a Israel a la conversión y a la fidelidad al Señor, porque ha llegado el tiempo favorable, el tiempo de la salvación.
  • El hombre que quedó deslumbrado por la Palabra como para decidirse a seguir a Jesús debe hacer las cuentas cada día con la fatiga de vivir y con la falta de aire que le provoca su pobre fe… Si el discípulo del Señor quiere ser para su generación como Elías y como Juan e indicar al Salvador presente en medio de los hombres, debe estar dispuesto a compartir la suerte de ellos asociándose a Jesús en su obediencia al Padre.
  • Querido César, has ya acogido la llamada del Señor a compartir su vida casta, pobre y obediente a lo largo del camino abierto por San Cayetano de Thiene. Hoy el Señor te comunica su sacerdocio haciéndote capaz – mediante el don del Espíritu Santo – de reconciliar a los hombres con Dios y de reunirlos en la mesa eucarística para hacer de muchos un solo cuerpo.
  • Es una misión altísima que hoy tú acoges con entusiasmo y que todos te deseamos que puedas vivir en fidelidad perfecta para la edificación del pueblo de Dios y para tu santificación.

Que el Señor siga guiando al P. César por el sendero de su paz para que siempre tenga presente que es “sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech” (Psalmus 110 [109], 4)!!!