A modo de editorial

La Navidad nos invita a contemplar la paradoja noche-luz:

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz»,

nos dice Isaías. Y, a su vez, Lucas nos refiere que los pastores cuidaban sus rebaños

«durante la noche, se les apareció el Ángel del Señor y la Gloria del Señor los envolvió con su luz».

El sentido de esta paradoja nos invita a pensar en el valor de una revelación, de una manifestación que de otra manera no se verificaría. Como se trata de una revelación, encierra en sí misma algo, un conocimiento y su enseñanza, pero lo que este conocimiento supone supera la inmediata percepción de su contenido. La noche, con su ambigüedad, se torna el ámbito para contrastar, con serenidad el impacto de lo que se recibe. Ciertamente que es desbordante para nuestros sentidos contemplar a un Dios que se hace hombre, que nace como cualquier hombre, que su presentación en sociedad se deja librada a la indefensión de un recién nacido.

Quizás, en aquella lejana y tan presente Navidad de 1517, san Cayetano se sumergió en la fuerza de esta paradoja, hecho sacerdote pleno y hombre cabal. Y emergió con un niño en brazos, que le devolvía una clara mirada sobre sí mismo:

«Duro era el cor mio, ben el credereti, perchè certo , non essendo in quello ponto liquefato, segno è che è de diamante; pazienza» (Carta a Sor Laura Mignani, 28/I/1518).

Sin embargo, su confianza en el Señor no disminuyó, como tampoco su voluntad de servirlo.

Desde nuestro Santo, con su mirada transparentando el pesebre y la misericordia divina, como religiosos teatinos bien podríamos contemplar el nacimiento de nuestro Salvador con alegría, gozo y compromiso, renovando esa mirada a partir de nuestra historia carismática y personal.

¡Qué Dios les haya concedido la gracia de celebrar una buena Navidad!

Con este espíritu enviamos este nuevo número de Teatinos en Camino.

¡Felicidades!

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